Con el paso
de los años he podido descubrir, en carne propia, muchas de las acciones que
mis padres realizaron mientras yo era un niño, un adolescente e incluso un
joven adulto. Acciones que en su momento nunca supe que habían sido hechas por
ellos y que, de una u otra manera, tuvieron un impacto profundo en mi vida. Hoy
ambos padres ya no están físicamente conmigo: mi padre partió en 2012 y mi
madre, tres años después. En el continuo e imparable transcurrir de la vida, mi
rol pasó de ser hijo a ser padre de dos fenomenales hijos, procreados junto a una extraordinaria mujer, mi esposa María.
El año
pasado, mi hijo menor, José Manuel, decidió emprender un viaje para vivir su
vida de forma independiente y en sus propios términos, partiendo lógicamente
del hogar y dejando un vacío difícil de llenar. Este año, mi hijo mayor, Jorge Luis,
contrajo matrimonio y también partió de casa para iniciar una nueva etapa. Otro
vacío grande.
Dentro del
concierto de actividades de cualquier calendario, ambos sucesos podrían parecer
normales, esperados y nada sorprendentes; de hecho, deberían sentirse naturales
y llenos de entusiasmo. Todo esto es cierto, fácil de entender y de anticipar.
Lo que no resulta tan sencillo es que un hecho que debería parecer mundano, en
realidad no lo fue: El primer momento en que entramos a casa, sabiendo y
sintiendo que ambos ya estaban protagonizando el inicio de una nueva etapa bajo
otro techo, fue, para ponerlo en palabras simples, durísimo.
Fue en ese
instante cuando, por alguna razón, comprendí que las lágrimas que nunca vi derramar a mis
padres en casa , yo mismo las estaba experimentando en carne propia ahora. Ellos
seguro lloraron en silencio y entre las cuatro paredes de su hogar. Ahora bien,
estas lágrimas son muy particulares. Difíciles de expresar con palabras, porque
la ausencia en nuestra casa corresponde, al mismo tiempo, a una presencia en la
casa de la vida de ellos: una nueva etapa llena de oportunidades y aventuras, caídas
y levantadas. Lágrimas de tristeza, sí,
pero con un ingrediente de alegría,
porque cada vez estoy más convencido de que la vida es una escalera, y hoy nos
ha tocado subir otro escalón.
Hoy medito
en cuántas lágrimas nunca vi, pero que siempre estuvieron ahí. Lágrimas que hoy
estamos viviendo nosotros.
Jorge Manuel
Zelaya Fajardo, Agosto 2026

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